
Es indudable que la preocupación por la alimentación está creciendo poco a poco. Las personas comienzan a darse cuenta de la profunda razón que tenían las abuelas: “eres lo que comes”.
La inquietud por buscar la dieta más óptima para el ser humano ha sido un aliciente para investigar distintos patrones alimentarios. Por esto, en los últimos años se han visto grupos grandes de personas e investigadores apoyando a: la dieta basada exclusivamente en plantas (vegetarianas) como el gran mono del que provenimos, la dieta que simula el comportamiento alimentario del hombre paleolítico o la dieta que iniciaron nuestros principales antepasados los creadores de la agricultura.
Estas vertientes surgen por un razonamiento evolutivo básico: “si como lo que comían mis antepasados (hace 100.000 mil años – agricultores, 200.000 mil años – paleolíticos, 20 millones de años – el gran mono) mi cuerpo estará acostumbrado a metabolizarlo correctamente y gozaré de salud”
Esta forma de pensar es bastante acertada, aunque como todo, hay matices muy importantes a tener en cuenta. En las siguientes líneas encontraremos el marco que rodea a estos patrones alimentarios para que puedas ver con objetividad y sacar tus propias conclusiones:
DIETA AGRÍCOLA
La que iniciaron los primeros trabajadores de la tierra y la que más se asemeja al actual abanico alimentario. Aunque no sea exactamente la misma lleva consigo las mismas proporciones por grupo de alimentos.
Ellos consiguieron, tras largas jornadas de duro trabajo, cultivar el trigo. Fue el primer logro alimentario que se tradujo a un aumento de población significativa. Aunque el estilo de vida fuese mucho más duro, las cantidades de comida en época de recolecta permitían alimentar a familias más numerosas.
El principal problema de este suceso fue que disminuimos la variabilidad alimentaria. Aumentamos el consumo de cereales y lo hicimos la base principal de nuestra alimentación (hay cierta corriente que explica que fue el trigo el que nos dominó a nosotros ya que era un cultivo difícil que nos arrebató horas de ocio y disminuyó los nutrientes que ingeríamos).
Desde ese momento hasta el día de hoy seguimos teniendo una dieta basada en carbohidratos que somos incapaces de utilizar. La alimentación ha cambiado poco. El número de productos es mucho mayor pero la calidad de los nuevos productos sigue siendo tan disminuida como la del antiguo trigo.
Entonces, ¿son malos los carbohidratos? Esa pregunta es muy debatida en la actualidad y tiene una respuesta muy simple: NO.
Únicamente hay que entender que van pasando los años y cada vez tenemos una población menos activa. Los carbohidratos son la principal fuente de energía que utiliza el ser humano. Por lo cual, basamos nuestra dieta en productos energéticos que nuestro cuerpo se ve obligado a almacenar (en parte, ya que las grasas también juegan un papel importante en todo esto) por un bajo gasto energético.
Además, tener un alto consumo de estos alimentos (harinas refinadas, granos procesados…) desplaza a grupos más interesantes como las verduras, frutas, semillas, frutos secos… Éstos gozan del contenido nutritivo más grande del surtido alimentario.
El último factor que afecta directamente a este tipo de dieta es la inclusión de los nuevos productos. Cada vez tenemos a nuestra disposición “comida” más cómoda, palatable y llena de aditivos de dudosa inocuidad que provocan una adicción encubierta y modifica nuestras señales fisiológicas de apetito y saciedad.
DIETA PALEOLÍTICA
¿Qué comían nuestros ancestros paleolíticos? Para empezar tenemos que conocer que eran cazadores-recolectores y que, según los estudios antropológicos, dependiendo de qué tribu y dónde se localizara su alimentación (obviamente) cambiaba. Pero algo tienen en común, alimentos de la zona eran principalmente frutas, verduras, legumbres, frutos secos y animales e insectos que cazaban.
Los detractores de este tipo de dieta comentan que no es óptima puesto que la edad media del hombre del paleolítico era bastante corta: 33 años. Este dato no tiene en cuenta la alta mortalidad infantil que había y diferentes estudios nos comentan que los individuos que superaban esta etapa podían disfrutar de una vida mucho más longeva: 54 años.
En estas poblaciones no había rastro de múltiples enfermedades que ahora nos envuelven: diabetes, enfermedad cardiovascular, hipertensión, depresión, alergias, miopía, trastornos autoinmunes, cáncer, artritis, insomnio, demencia o dolor de espalda.
La salud que gozaban no estaba alineada únicamente a la alimentación. También sufrían las condiciones ambientales de forma directa y eso les hacía tener adaptaciones imnunológicas potentes frente a cambios climáticos. Además, realizaban ayunos frecuentes (involuntarios por la disponibilidad de alimentos) que promovían procesos autofágicos.
Vivir a la intemperie los hacía más recios, más fuertes y más inteligentes (el paso al sedentarismo redujo el tamaño del cráneo y la altura de la especie).
Entonces, ¿si llevamos una dieta paleolítica gozaremos de la misma salud que ellos?
Sí y no. Hay que tener en cuenta que la vida actual es totalmente diferente a la que llevaban los cazadores-recolectores. Actualmente tenemos que tener cuidado con la exposición solar en verano porque nuestra piel cada vez está menos acostumbrada al sol. Los alimentos genéticamente no son iguales ni tan nutritivos como los que se pueden encontrar de forma silvestre y los animales no tienen una producción/trato óptimo. La actividad física que (de forma general) tenemos en relación a antaño es ridículamente inferior ya que somos la única especie que no tiene gasto energético por la obtención de alimentos.
Ahora bien, si modificas muchos factores y los optimizas hacia una rutina más activa, con más calidad alimentaria, con ayunos (ya ampliamente demostrados los beneficios que ofrece) y exposición al ambiente periódica, obviamente notarás un cambio potencial de salud muy grande.
DIETA VEGETARIANA/VEGANA
Partir del inicio, alimentarnos como lo hacía el gran gorila del que nació nuestra especie.
Está bastante claro que una dieta basada en plantas le sienta bien a cualquier sapiens. De hecho, la facilidad para metabolizar los vegetales que tiene nuestro cuerpo es increíble. Aprovechamos hasta los antinutrientes como quelantes de sustancias tóxicas.
Pero, ¿es óptima esta alimentación en pleno siglo XXI?
La polémica viene tras las posibles deficiencias que puede acarrear. Hay ciertos componentes para el ser humano que se encuentran en el reino animal. De hecho, tenemos la hipótesis de que la especie de la que venimos obtenía la vitamina B12 (origen bacteriano) de los insectos que ingeríamos al comer vegetales. Por ejemplo, los gusanos de las manzanas.
Ahora bien, la dieta vegetariana no solo es un patrón alimentario que se hace por salud, es un movimiento ético a favor del planeta.
Estamos contaminados por múltiples factores y estamos destruyendo nuestro hogar. Plásticos, contaminación ambiental, destrucción del entorno… Optar por la alimentación exclusivamente vegetal es aportar tu grano de arena en muchos aspectos. Tenemos una superproducción cárnica que es insostenible. Cada vez producimos más. ¿Sabías que cada día que no comes carne reduces un 4.5% los probabilidades de padecer enfermedades del corazón?
La situación es la siguiente: la mitad del planeta pasa hambre y la otra mitad tiene sobrepeso y muere de enfermedades metabólicas.
Además, la alimentación vegetariana necesita suplementación y ayuda por parte de un profesional. Actualmente los productos veganos también se multiplican y hay gran cantidad de alimentos de bajo valor nutritivo dentro del supermercado.
Como conclusión, elijas la forma de alimentarte que elijas, hazlo bien. Contacta e invierte en profesionales que estudien tu caso y planifiquen lo que mejor se adapte a tu rutina. Hazlo con alegría por mejorar tu salud y empodera tu vida.
“Tienes más poder del que te imaginas”
Alejandro Luque Figueroa
Elisa Blazquez Blanco